El suplemento “RADAR LIBROS” del diario argentino Página 12 publicó, en abril del 2011, una crítica del celebrado escritor Rodrigo Fresán a la novela Richard Yates del polémico Tao Lin (Virginia, 1983). En el texto, el autor se ocupa, entre otras cosas, de ridiculizar la figura de Lin como portavoz de una generación definida por un desencanto con dominio punto com. El humor, y esto a ningún lector de Fresán le caerá de raro, con que está escrita la nota es admirable. Para muestra, una cita: “Justicia poética: de aquí a unos años pocos leerán Richard Yates, muchos seguirán leyendo a Richard Yates y, podría jurarlo, ningún joven narrador escribirá y publicará una novela llamada Tao Lin.”. Hoy, como en la primavera del 2011 (y seguramente en primaveras anteriores y posteriores) está de moda odiar a la alt lit (literatura alternativa; movimiento del cual Lin, bien que mal, es la cabeza más reconocible). De la crítica de Fresán admiro, como he dicho, el humor, así como la evidente lectura atenta de la obra del reseñado. Se habla de pobreza en el empleo de elementos “retóricos”, de lenguaje básico o “monocorde”. Aquí hay un problema: pretender juzgar como literario aquello que, sin que esto demerite en lo absoluto su efectividad emotiva y genialidad, no lo es. Y si lo fuera, ¿qué más da?. Davo Valdés en una ocasión dijo: “toda etiqueta es frágil”. No sé si estaba citando a alguien (si alguno de ustedes rastrea la fuente de semejante pieza de sabiduría espontánea, hágamela llegar), pero sí sé que estoy convencido de que está en lo correcto. Así como está en lo correcto el poeta Héctor Hernández cuando dice que los chicos de la alt lit “no inventaron el internet”, que desde mucho antes se hacía uso de la plataforma web para difundir / escribir / incorporar elementos de la vida online a la escritura. Cualquiera que posea la más elemental conciencia histórica sabrá que nadie (desde el pasado grecolatino) ha inventado nada, que todo es parte de un ciclo, que la originalidad en la literatura es imposible y perseguirla sólo es una actividad generadora de frustraciones y gastritis.

Ulises Carrión dice, en El arte nuevo de hacer libros,: “toda literatura es vieja literatura”. Y eso, estoy convencido también, es cierto. Por eso la alt lit no cabe en la literatura, porque está cargada de atrevimientos —más allá del tan satanizado empleo de vocablos como “gmail” o “wifi” que tanto molesta a los críticos obsesionados con anacronismos del tipo “atemporalidad” o “diálogo con el futuro”— que nuestra noción de lo literario (debido a siglos de tradición imposible de ignorar) jamás nos permitiría llevar a cabo. Atrevimientos que celebro y admiro, hay que decirlo, y de los que sólo se enterarán si echan un vistazo a la obra de los autores aquí mencionados. Está de moda odiar a la alt lit sin haber jamás leído un fragmento de la valiosa obra de Ashley Opheim o Jordan Castro o Joshua Jennifer Espinoza o Philip Gordon o Adefiseyo Adeyeye o Brittany Wallace (todos autores de una alt lit que hace falta leer y criticar, porque tal parece que sólo pensamos en las “cabecillas” del grupo: idea obsoleta también). Está de moda odiar porque nosotros, los estudiosos, tenemos el deber de defender una etiqueta que, como dijo Davo, es frágil. Defender la etiqueta de “literario” o “perdurable” en una sociedad de consumo y volatilidades es un acto nobilísimo que de tan ingenuo conmueve. En un país de no lectores, ¿de verdad vale la pena?. Yo, al menos, prefiero ver a un chico con un libro del magnífico Pablo Robles Gastélum en la mano que con una cuerno de chivo (aunque quizás prefiero tener el cañón de la cuerno en mi sien que leer un libro de Coelho). Y a todo esto, ¿a qué se debe el odio?. A mi juicio existen dos posibilidades: una: que a los resentidos premios nacionales de poesía joven (cuyos nombres todos hemos olvidado) les llena de envidia la cantidad de lectores que han ido cosechando, y seguirán (a pesar de su supuesta muerte) los autores de tal movimiento; la otra: que, efectivamente, como muchos han expuesto, se trate de una literatura “hipster” que más tardaremos en googlear que en olvidarla. “Ah. O.K.”, como diría Fresán.

También está el caso de la noción de grupo, tan repudiada por los solitarios genios de los versos aúreos y delicados que nadie (o casi nadie), miremos las estadísticas, lee. Odiar la colectividad, el empuje entre todos, el marketing, todos asuntos que, si bien son extraliterarios, hacen algo que muchos otros no: conseguir lectores. Ahí está la verdadera magia. Lo que, en verdad, vale la pena de todo esto y en donde, sostengo, se concilian las partes en disputa. Me explico: el no-lector se enfrenta a una novela de Tao Lin: lenguaje sencillo (y no por ello simplón), cotidianidad, actualidad: un retrato de su propio universo. Identificación, click inmediato. O se encuentra un video en el que Steve Roggenbuck se filma a sí mismo recitando un poema cursi sin embargo hermoso y profundamente conmovedor en un parque mientras todos lo miran raro. Empatía, comunión inmediata sin necesidad de haber leído antes un solo tratado de teoría literaria. Ahí está el primer acercamiento y, si de algo estoy seguro, es que la lectura es como esa primera dosis de cristal: volverás a ella. Ya sea por medio de una novela o poemario alt lit, o un tedioso mamotreto del XIX, volverás. Necesitamos lectores, y los necesitamos ya. Sólo hace falta echar un vistazo a nuestra realidad nacional para constatarlo. Y si que los chicos de alt lit sean capaces de aquello que ustedes, sabios y dueños de lo que sí es y lo que no es, es el motivo auténtico de su odio, quizás haya por ahí un par de cosas que repensar.

@senosderana

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Publicado originalmente en: http://www.milenio.com/firmas/martin_rangel/television-hiperbatos-Pablo-Robles-Gastelum_18_394940576.htmlCaptura de pantalla 2014-10-21 a la(s) 08.37.33

La aversión de Yoko Ono hacia el color amarillo; el fijo y profético amarillo de los semáforo; naranjas color amarillo redactando un manifiesto cítrico: todas estas cosas comparten, además del espectro cromático, un lugar en amarillo, primer poemario publicado de Pablo Robles Gastélum (Culiacán, 1992). La escritura de Pablo, cargada de una imaginación muy bien ejercitada, es rica en dispersión de las ideas, en coloquialidad, en referencias a la vida en internet, en dilemas que transitan entre lo cotidiano y lo trascendente. Su estilo nos remonta a la ‘estética’ de la alt lit (http://revistatn.com/eso-que-llamamos-alt-lit/) y nos presenta a uno de los autores (de los que he podido leer, eso es claro) que de mejor manera ha logrado adaptarla a nuestra lengua. El poemario será publicado electrónicamente durante la semana en curso, para mayor información pueden interrogar al autor directamente en pabloroblesgast@gmail.com o en @pabloroblesgast. A continuación presento una selección de fragmentos aislados que fueron tomados de los poemas que integran amarillo. Tales fragmentos han sido dispuestos en un orden que no obedece al orden estricto en que aparecen en el poemario, sino en uno que pueda articular un mensaje distinto al que se ofrece  siguiendo una lectura lineal del libro:

Si yo fuera la Real Academia Española, prohibiría todas las palabras que posiblemente utilizarías para decir que no vas a poder verme hoy. ¿Qué tiene que pasar en el mundo exterior para que te des cuenta que algo está pasando?. Tu lenguaje será tan torpe y puro que te acordarás de cómo es estar conmigo y de tu boca no saldrá nada más que pura poesía involuntaria. Desnúdate y cuéntame qué ha pasado en tanto tiempo. Trataré de ser melancólico. Prenderé muchos cigarrillos y escucharé cada palabra que digas mientras un virus infecta mi sistema operativo de una manera progresiva y casi imperceptible. Tener buena memoria es una de esas tantas cosas inservibles (como tener muelas del juicio). Juro que borraré todo lo que he escrito hasta hoy y lo reescribiré exactamente igual.

Quiero saber si los .gifs en otras pestañas se siguen moviendo aunque no los vea. Quiero saber si me sigues leyendo aunque no te vea. Quiero saber si hay un lugar en esta vida para la gente que prefiere su recámara. Quiero que esa recámara sea mi mundo. Quiero que no exista ningún sentimiento indispensable. Seré neutral cuando me pregunten sobre mi propia culpa, y, cuando el juicio final llegue, estaré leyendo twitter en mi celular. “No me dejes caer en tentación”, le dicen a Dios. Yo le digo “no me quites el internet”.

Hay situaciones más incómodas de lo que crees. Juro que una vez vi a una serpiente comerme vivo, pero la vida es más que dejarse comer por serpientes. “Vete y no dejes de escribirme”, le decía Paul Eluard a Gala, pero ella y todas las mujeres-pintura son invisibles; guardan sin emoción cartas sin contestarlas; no salen ni en sus propias selfies. Tan obsoletos como la televisión, dejé mis hipérbatos y me dediqué a pasar el tiempo imaginando poesía en baños de Starbucks. Mis sentimientos son tan intermitentes como los semáforos descompuestos que sólo parpadean en amarillo. Dejaré de pensar en semáforos y esas cosas que me recuerdan tanto el orden del tiempo, ese mismo tiempo que nos tiene tan lejos del orden y que, en algún punto, dejaba la misma cantidad de arena en cada lado del reloj.

@senosderana