Archivos para el mes de: enero, 2015

publicado originalmente en: http://www.milenio.com/firmas/martin_rangel/gatos-sabran_18_453734685.html

Antes de internet, los gatos ya eran un tópico dentro de aquel precario sistema de entretenimiento que hoy conocemos como ‘literatura’. El gato y el escritor. Juntos como en el cliché, pero recordemos que por algo el cliché adquirió tal estatus. Ambos se han acompañado desde hace siglos, al frente y detrás de la página. Tanto en los textos como en las historias tras bambalinas de la creación literaria. Para la primera situación, basta poner como ejemplo un poema del escritor italiano Cesare Pavese (1908-1950): “Los gatos sabrán”. En él, se materializa el sigilo silencioso de los felinos: siempre observando, devorándolo todo a través de las rendijas de sus pupilas atentas. Alguien se ha ido, en el poema y en la vida, y los cosas y el clima y las palabras (siempre las palabras) seguirán su curso frente a la quietud de los felinos que no pueden sino quedarse callados (no en vano su sabiduría de miles de años). Alguien se ha ido, pero volverá, y a su regreso no encontrará otra cosa que el dolor. Ofrezco, entonces, mi traducción de este poema que, huelga decirlo, significa una de mis apariciones felinas favoritas en la ‘historia de la literatura’:

La lluvia volverá a caer

sobre el pavimento dulce:

una lluvia ligera como un paso

o como un suspiro.

La brisa y el amanecer

florecerán de nuevo bajo tus pies

cuando regreses.

Entre la flor y la ventana,

los gatos sabrán.

Serán otros los días,

otras las voces.

Sonreirás a solas.

Los gatos sabrán.

Escucharás palabras viejas,

inútiles, gastadas

como disfraces arrumbados

de la fiesta de ayer.

Gesticularás.

Responderás con palabras

—rostro de primavera—

y también gesticularás.

Los gatos sabrán,

rostro de primavera,

y sabrá la brizna

y el alba color jacinto

que tuerce el corazón de aquel

que no espera más de ti

—ellos son la sonrisa amarga,

tú sonríes a solas—

Serán otros los días,

otras las voces y

otros los despertares.

Rostro de primavera:

sufriremos en el alba.

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El suplemento “RADAR LIBROS” del diario argentino Página 12 publicó, en abril del 2011, una crítica del celebrado escritor Rodrigo Fresán a la novela Richard Yates del polémico Tao Lin (Virginia, 1983). En el texto, el autor se ocupa, entre otras cosas, de ridiculizar la figura de Lin como portavoz de una generación definida por un desencanto con dominio punto com. El humor, y esto a ningún lector de Fresán le caerá de raro, con que está escrita la nota es admirable. Para muestra, una cita: “Justicia poética: de aquí a unos años pocos leerán Richard Yates, muchos seguirán leyendo a Richard Yates y, podría jurarlo, ningún joven narrador escribirá y publicará una novela llamada Tao Lin.”. Hoy, como en la primavera del 2011 (y seguramente en primaveras anteriores y posteriores) está de moda odiar a la alt lit (literatura alternativa; movimiento del cual Lin, bien que mal, es la cabeza más reconocible). De la crítica de Fresán admiro, como he dicho, el humor, así como la evidente lectura atenta de la obra del reseñado. Se habla de pobreza en el empleo de elementos “retóricos”, de lenguaje básico o “monocorde”. Aquí hay un problema: pretender juzgar como literario aquello que, sin que esto demerite en lo absoluto su efectividad emotiva y genialidad, no lo es. Y si lo fuera, ¿qué más da?. Davo Valdés en una ocasión dijo: “toda etiqueta es frágil”. No sé si estaba citando a alguien (si alguno de ustedes rastrea la fuente de semejante pieza de sabiduría espontánea, hágamela llegar), pero sí sé que estoy convencido de que está en lo correcto. Así como está en lo correcto el poeta Héctor Hernández cuando dice que los chicos de la alt lit “no inventaron el internet”, que desde mucho antes se hacía uso de la plataforma web para difundir / escribir / incorporar elementos de la vida online a la escritura. Cualquiera que posea la más elemental conciencia histórica sabrá que nadie (desde el pasado grecolatino) ha inventado nada, que todo es parte de un ciclo, que la originalidad en la literatura es imposible y perseguirla sólo es una actividad generadora de frustraciones y gastritis.

Ulises Carrión dice, en El arte nuevo de hacer libros,: “toda literatura es vieja literatura”. Y eso, estoy convencido también, es cierto. Por eso la alt lit no cabe en la literatura, porque está cargada de atrevimientos —más allá del tan satanizado empleo de vocablos como “gmail” o “wifi” que tanto molesta a los críticos obsesionados con anacronismos del tipo “atemporalidad” o “diálogo con el futuro”— que nuestra noción de lo literario (debido a siglos de tradición imposible de ignorar) jamás nos permitiría llevar a cabo. Atrevimientos que celebro y admiro, hay que decirlo, y de los que sólo se enterarán si echan un vistazo a la obra de los autores aquí mencionados. Está de moda odiar a la alt lit sin haber jamás leído un fragmento de la valiosa obra de Ashley Opheim o Jordan Castro o Joshua Jennifer Espinoza o Philip Gordon o Adefiseyo Adeyeye o Brittany Wallace (todos autores de una alt lit que hace falta leer y criticar, porque tal parece que sólo pensamos en las “cabecillas” del grupo: idea obsoleta también). Está de moda odiar porque nosotros, los estudiosos, tenemos el deber de defender una etiqueta que, como dijo Davo, es frágil. Defender la etiqueta de “literario” o “perdurable” en una sociedad de consumo y volatilidades es un acto nobilísimo que de tan ingenuo conmueve. En un país de no lectores, ¿de verdad vale la pena?. Yo, al menos, prefiero ver a un chico con un libro del magnífico Pablo Robles Gastélum en la mano que con una cuerno de chivo (aunque quizás prefiero tener el cañón de la cuerno en mi sien que leer un libro de Coelho). Y a todo esto, ¿a qué se debe el odio?. A mi juicio existen dos posibilidades: una: que a los resentidos premios nacionales de poesía joven (cuyos nombres todos hemos olvidado) les llena de envidia la cantidad de lectores que han ido cosechando, y seguirán (a pesar de su supuesta muerte) los autores de tal movimiento; la otra: que, efectivamente, como muchos han expuesto, se trate de una literatura “hipster” que más tardaremos en googlear que en olvidarla. “Ah. O.K.”, como diría Fresán.

También está el caso de la noción de grupo, tan repudiada por los solitarios genios de los versos aúreos y delicados que nadie (o casi nadie), miremos las estadísticas, lee. Odiar la colectividad, el empuje entre todos, el marketing, todos asuntos que, si bien son extraliterarios, hacen algo que muchos otros no: conseguir lectores. Ahí está la verdadera magia. Lo que, en verdad, vale la pena de todo esto y en donde, sostengo, se concilian las partes en disputa. Me explico: el no-lector se enfrenta a una novela de Tao Lin: lenguaje sencillo (y no por ello simplón), cotidianidad, actualidad: un retrato de su propio universo. Identificación, click inmediato. O se encuentra un video en el que Steve Roggenbuck se filma a sí mismo recitando un poema cursi sin embargo hermoso y profundamente conmovedor en un parque mientras todos lo miran raro. Empatía, comunión inmediata sin necesidad de haber leído antes un solo tratado de teoría literaria. Ahí está el primer acercamiento y, si de algo estoy seguro, es que la lectura es como esa primera dosis de cristal: volverás a ella. Ya sea por medio de una novela o poemario alt lit, o un tedioso mamotreto del XIX, volverás. Necesitamos lectores, y los necesitamos ya. Sólo hace falta echar un vistazo a nuestra realidad nacional para constatarlo. Y si que los chicos de alt lit sean capaces de aquello que ustedes, sabios y dueños de lo que sí es y lo que no es, es el motivo auténtico de su odio, quizás haya por ahí un par de cosas que repensar.

@senosderana

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