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Cinco:

Los músicos no bailamos, dice el músico uruguayo Jorge Drexler a ella, la que baila como quien respira. Gracias, pero no, no bailo. Más de diez álbumes de estudio pasando la fiesta sentado, arrinconado, quizás, apenas, con un vaso de aguardiente oscuro y melancólico en la mano. Más de veinte años con el cuerpo que no sigue la agitación perpetua del espíritu. Con el cuerpo queda, injustamente quieto.

 

Cuatro:

Y no es que uno le objete al médico uruguayo un segundo de esa quietud, de esa cerebralidad deslumbrante. Pero uno es fan, y qué va a hacerle. Uno ha celebrado el embrollo, las procesiones de notas lamiendo el intelecto. El cerebro, como el tomate, con los hemisferios entreabiertos. Como el tomate, con la insigne plenitud y la abundancia, sin hueso, sin coraza. Y sin baile.

 

Tres:

Sin embargo no bastaría, no puede bastar, repetir y repetir, hay que arriesgarse. Jorge Drexler está, creativamente, en una racha de exploración. Desde el experimento n (2013), tres canciones puestas a vender como aplicaciones para el móvil, canciones inconclusas, interactivas, con infinitas posibilidades de creación-recreación, a partir del seguimiento de intrincados algoritmos. Cerebro, cerebro y cerebro hasta entonces.

 

Dos:

La música para bailar se escribe, como se baila, con los pies. Bailar en la cueva, el nuevo disco del médico uruguayo, comenzará a venderse mañana. A partir de mañana, el esqueleto empolvado del músico tomándonos de las manos para llevar a cabo aquello que es elemental tanto como es humano. Bailábamos en, desde la cueva.

 

Uno:

La música para bailar escrita con la cabeza y desde el centro del pecho. Eso pienso cuando escucho los tracks que se nos han ofrecido como adelanto. La cumbia quedita de “Bolivia”. La ciencia ficción enamorada de “Universos paralelos”. Llévate en el aire el perfume de tu pelo. La música, con la cabeza. El músico acomoda su palabra sin sacrificarla por el ritmo. Repite versos, la lírica también está bailando. Las letras van llevando, le dictan a la música, mano en cadera, el camino.

 

Cero:

Ella, la que baila como quien respira, se acercará y tomará su mano. Él dejará de decir que sólo quiere verla bailar. Se levantará, abandonando el vaso, y compartirán el don de fluir. Porque, sí, los músicos no bailan, pero esta noche él eligió ser médico. Y, total, acá en la cueva no hay nadie que pueda mirarlos.

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