–¿Y que sería de ti, si, no sé, de pronto…
–preguntaste–, y de la boca comenzaron a brotarte ranas
que azotaban contra lo duro del asfalto
y pegaban un brinco, y otro,
hasta el refugio, la maceta,
o la esquina de la puerta.

—Depende. Pongamos, por ejemplo, que la…
y se quedaban quietas, las ranas,
miraban con cierto ángulo
como temiendo al encuentro directo
de sus ojos plenos, inmutables,
con los nuestros frágiles y presos.

—Quizás te haría un favor, a menos de que…
y, de nuevo, un salto.

Tras un parpadeo, la rana más lejana
oscilaba en las alturas aferrada a un tallo verde.
Le creció lo rojo de los ojos cuando me acerqué a ver,
y noté que los partía por la mitad una franja negra, casi borrada,
y regresé por dónde vine.

–Pero, bueno, no es lo mismo si…
entonces los muros blancos de la casa
y las plantas del jardín
y los cajones y roperos,
se habían llenado de un verde pegajoso que daba saltos.

–¿Me esc…
pero yo ya no te escuchaba
tu voz perdía su rumbo entre tanto croar.

Por eso abrí los brazos
para ver si así alcanzaba a recuperar en el vuelo
algún fragmento de eso que decías y era importante.

Sólo entonces me di cuenta
de que había una sola
minúscula rana muerta
bajo la palma apretada de mi mano.

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